Lección 5 Por Qué morimos

Lección 5
Por Qué morimos

En la lección anterior, vimos cómo el pecado entró al mundo cuando Eva fue engañada por la Serpiente, quien infundió en ella deseos de ser igual a Dios, como Satanás mismo una vez sintió. También vimos cómo Dios se encargó de este problema al que llamamos pecado.

En esta lección veremos con más detalle la forma cómo este problema ha afectado al mundo, incluyéndonos a nosotros, y cómo su solución, de igual manera, ha afectado a todos, aún a los bebés que están siendo nacidos en este mismo momento.

Consecuencias múltiples de la desobediencia

¿Cuáles fueron las consecuencias de las cuales advirtió Dios a la Mujer? (Génesis 3: 16).

A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.

Tanto la relación entre hombre y mujer, como los hijos que de esta relación resultarían, eran parte del plan original de Dios para la felicidad de la santa pareja (Véase Génesis 1:31). Sin embargo, el pecado erosionó esta relación. Desde el momento en que Eva vagó lejos de Adán, y rondó por el árbol prohibido, hasta las advertencias descritas por Dios a la Mujer una vez que ésta y su marido pecaron, todo demuestra la forma cómo el pecado afecta relaciones, no sólo en un sentido vertical (entre Dios y sus criaturas), sino también horizontal (entre las criaturas).

Machismo, feminismo, abortos, problemas de delincuencia juvenil, divorcio y abuso doméstico, todos estos y más son resultados de este primer pecado.

¿Cuáles fueron las consecuencias de las cuales advirtió Dios al hombre? (Génesis 3: 17-19).

Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.

El acto de desobediencia del hombre al escuchar la voz de su mujer que le incitaba al mal redundó en maldición sobre la tierra. También implicó, como en el caso de la Mujer, un sacrificio resultante del ejercicio propio de su papel como cabeza de la familia humana y administrador de este mundo, a costo de la salud física. La muerte misma resultaría de este acto de desobediencia.

¿Cómo describe Dios esta muerte que resultaría de la primera transgresión? (Génesis 3: 19).

Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.

Alguien preguntará por qué nosotros tenemos que morir como resultado de la transgresión de Adán. ¿Habla Dios de esto? (Ezequiel 18: 20).

El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él.

La idea de que morimos la muerte de la cual Dios advirtió originalmente a Adán (Génesis 2: 17), no parece compatible con el carácter y proceder de un Dios de amor. Sin embargo, la clave de comprender este asunto está en entender que la muerte descrita cuando se le dijo: al polvo volverás (Capítulo 3: 19), no es la muerte de la cuál primero se les advirtió cuando se le dijo: el día que de él comieres, ciertamente morirás (Capítulo 2: 17).

La que se les advirtió que experimentarían si pecaban era la muerte eterna como castigo directo por la transgresión. No obstante, la que se les advirtió que resultaría inevitablemente del pecado, una vez que éste ya había sido cometido, era sólo un descanso que pondría fin a una vida de sufrimiento. La muerte eterna no ha sucedido desde que Adán pecó, con una excepción. ¿Cuál fue esa excepción, y por qué nadie más la ha experimentado? Contestaremos esa pregunta, pero primero entendamos qué sucede con los niños al nacer en relación al pecado.

Referente a la muerte eterna, Dios dijo: el alma que pecare esa morirá (Ezequiel 18: 4). Los bebés a veces mueren sin haber pecado, o aún sin haber nacido. Su muerte no pudo haber sido castigo por el pecado propio. Tampoco pudo haber sido castigo por el pecado de sus padres, pues Dios dijo: el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo (Versículo 20). Por lo tanto, esta muerte que conocemos no es la muerte eterna.

“Es inevitable que los hijos sufran las consecuencias de la maldad de sus padres, pero no son castigados por la culpa de sus padres, a no ser que participen de los pecados de éstos” (Patriarcas y Profetas, p. 313).

¿Cómo se explica el que todos experimentemos la muerte primera, pequemos o no, y no la muerte eterna o segunda muerte? (Romanos 5: 12).

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

Cada hijo de Adán nace con una naturaleza pecaminosa, es a saber, con las debilidades y propensiones al pecado (Véase Salmos 51: 5). Sin embargo, el que nazcamos con esta naturaleza no nos hace automáticamente culpables de pecado, ni aún del pecado de nuestro padre Adán de quien la heredamos. Alguien puede nacer con debilidad genética al alcohol, y por lo tanto, con propensión al alcoholismo. Esto no lo hace un alcohólico a menos que tome.

La justicia de Cristo canceló la sentencia de muerte eterna dictada sobre Adán y todos sus descendientes en él incorporados. Por un acto de gracia, Dios envió a su hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley (Gálatas 4: 4, 5). Cristo fue el único ser nacido de mujer quien hasta ahora haya experimentado la muerte segunda o eterna, y lo hizo por todos nosotros (Hebreos 2: 11). La muerte primera que todos experimentamos al final de nuestros días, sin embargo, no fue cancelada por Cristo, no al menos de este lado de la eternidad.

Un predicador, queriendo ilustrarle a su niño la verdad de que Cristo experimentó la muerte segunda o muerte eterna, y por qué seguimos muriendo si Cristo murió para darnos vida eterna, le señaló un camión que justo cruzaba por la calle, por cuya acera transitaban. ¿Le tienes miedo a ese camión?, le preguntó al niño. ¡No!, replicó el niño mientras caminaba seguro junto a su padre. ¿Por qué no?, preguntó el predicador. Porque sólo su sombra nos pasa por encima, y no el camión mismo, contestó el niño. Pues, la muerte que sufrimos es como que nos pase por encima sólo la sombra del camión. La que sufrió Cristo fue como si le hubiese pasado por encima el camión mismo, concluyó el predicador.

En una próxima lección explicaremos la experiencia de Cristo al morir la muerte eterna.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: