Lección 16 ¿Hablando solos o hablando con Dios?

Lección 16
¿Hablando solos o hablando con Dios?

El orar y el meditar son actos pertenecientes a la liturgia y devoción de creyentes de toda persuación religiosa, ya sea cristiana o no. Pero a pesar de los comunes que son en la vida humana, y a pesar de lo mucho que se habla de ellas, todavía son mal entendidas.

En esta lección veremos, específicamente relacionados a la oración, respuestas bíblicas a preguntas tales como: ¿hay alguna forma en particular en que deberíamos orar?, ¿es la oración algo de lo que debemos hacer para ser salvos?, y otras más.

¿Cómo debemos orar? (Mateo 6: 7-13).

Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.

Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

Jesús aparenta contradecirse al indicar que no debemos usar vanas repeticiones, y a la misma vez, formular una oración para ser rezada. En realidad, Cristo está dando un patrón a seguir que le sirva de modelo a sus discípulos. Después de todo, como se ve en las plegarias de hombres de Dios tales como Moisés, David y el propio Jesucristo, orar es simplemente hablar con Dios, expresándole nuestros sentimientos, necesidades y anhelos.

“Orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo” (El Camino a Cristo, p. 93).

Requisitos de la Oración Eficaz

En conversación con un amigo, un interlocutor no puede estar atado por reglas y regulaciones extremas que puedan matar la naturalidad del encuentro, al llenarlo de ansiedad, acerca de la corrección de sus palabras o de cómo las expresó. Sin embargo, hay reglas básicas, que en lugar de atar, contribuyen a un ambiente de confianza y respeto mutuo entre los que se comunican.

De la misma manera, la oración, aunque muchas veces es cargada por rituales, formulaciones y reglamentos humanos, está bíblicamente regulada por pautas sencillas y prácticas que apelan tanto a la mente como al espíritu del creyente, promoviendo su confianza y reverencia hacia su Dios. Estas son algunas de las pautas presentadas por la Biblia:

1. Fe.

a. Hebreos 11: 6. Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

b. Santiago 1: 6, 7. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.

La fe es el requisito más elemental para una oración eficaz. Su ausencia nos hace sentir que nuestras oraciones no son escuchadas por Dios, o aún peor, no nos permite concentrarnos en el acto de orar.

¿Por qué han de ser los hijos e hijas de Dios tan remisos para orar, cuando la oración es la llave en la mano de la fe para abrir el almacén del cielo, en donde están atesorados los recursos infinitos de la Omnipotencia? (El Camino a Cristo, p. 95).

2. En nombre de Jesús. (Juan 14: 13, 14).

Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.

Este es un requisito importante para que hagamos conciencia mientras oramos, ya sea en público o en privado, de que no estamos dirigiendo nuestras oraciones a un ser genérico, o a un ser cuyo nombre o naturaleza está a discresión del concepto de cada creyente. El cristiano eleva sus peticiones a Dios el Padre, cuyo hijo es Jesucristo, en nombre de quien se ora.

Al hacer nuestras peticiones en el nombre de Jesús, y al mencionar su nombre tanto al principio como al final de nuestras oraciones, reconocemos que no hay mérito alguno en nosotros que nos pueda hacer dignos del don que esperamos del cielo. Hacemos nuestra la seguridad expresada en las palabras: el que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? (Romanos 8:32).

3. De acuerdo a su voluntad. (1 Juan 5: 14, 15).

Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.

Orar de acuerdo a la voluntad de Dios implica tanto el pedir de acuerdo a su voluntad expresada claramente en las Escrituras, como el pedir que no se haga nuestra voluntad sino la suya, como fue en el caso de Jesús (Mateo 26: 39, 42, 44). Al orar de esta forma, reconocemos cuan infinitamente sabio y bueno es Dios que siempre nos dará lo que escogeríamos si pudiéramos ver el fin desde el principio, y cuan ignorantes somos al pedir lo que creemos que es mejor, cuando en realidad no lo es.

¿Cómo expresó el propio Jesús esa confianza y seguridad que podemos tener en el amor y sabiduría de Dios cuando de él pedimos algo en oración? (Mateo 7: 9-11).

¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?

4. Sin iniquidad en nuestros corazones. (Salmos 66: 18).

Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado.

Nuestra condición espiritual en general, constituye un factor que nos prepara para aceptar el don por el cual oramos, si es que ésta está en armonía con los principios divinos, o de lo contrario, obstaculiza la obra de Dios a nuestro favor, y mediante nosotros, a favor de los demás. Esto último, es especialmente el caso, cuando el pecado que obstaculiza nuestra relación con Dios es una relación defectuosa con el prójimo debido al rencor o al resentimiento.

¿Cómo expresa la Biblia la triste verdad de que nuestras oraciones pueden ser impedidas por una relación no armoniosa con los demás?

a. Mateo 6: 14, 15. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

b. 1 Pedro 3: 7. Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.

La oración es resistida de nuestra parte cuando guardamos rencor, o cuando tenemos enemistad o malas relaciones interpersonales. Recordemos que nuestra oración es, en tales casos, resistida a que sea eficaz en nosotros, y no a que convenza a Dios de lo que le pedimos, pues es en nosotros que obra y no en él.

Cuando pedimos perdón en oración diciendo: “perdona nuestras deudas como perdonamos a nuestros deudores” (Mateo 6: 12), estamos pretendiendo estar arrepentidos. Pero si no perdonamos a nuestro prójimo, estamos fallando en arrepentirnos de nuestro mayor pecado: nuestro rencor hacia quien nos ha ofendido. Así estaremos resistiendo la obra transformadora de gracia que Cristo quiere hacer en nuestros corazones mediante su Espíritu. Estaremos despreciando el perdón que fue comprado a nuestro favor a costo de la sangre del Hijo de Dios, y estaremos negando el poder subyugador de su amor expresado en la cruz.

La Oración: Obra de Dios y no nuestra.

La Biblia nos presenta numerosas razones por las cuales debemos orar, y aún otras condiciones, además de las que en esta lección están expuestas, para que la oración sea efectiva. Pero sea cual fuese la razón o la condición, es sumamente importante recordar que la oración es, en realidad, la obra de Dios en nosotros para acercarnos hacia sí mismo, y no la nuestra para salvarnos, o de alguna forma contribuir a nuestra salvación.

¿Cómo expresa claramente el apóstol Pablo que aún nuestro fervor en orar es una obra de Dios en nosotros?

1. Filipenses 2: 12, 13. Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

2. 2 Corintios 3: 5. No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios.

“En sus esfuerzos por alcanzar el ideal de Dios, el cristiano no debería desesperarse de ningún empeño. A todos es prometida la perfección moral y espiritual por la gracia y el poder de Cristo. El es el origen del poder, la fuente de la vida. Nos lleva a su Palabra, y del árbol de la vida nos presenta hojas para la sanidad de las almas enfermas de pecado. Nos guía hacia el trono de Dios, y pone en nuestra boca una oración por la cual somos traídos en estrecha relación con él. En nuestro favor pone en operación los todopoderosos agentes del cielo. A cada paso sentimos su poder viviente”
(Los Hechos de los Apóstoles, p. 382).

Aún el mismo Jesús, habiendo revestido su naturaleza divina perfecta con nuestra caída humanidad, y habiendo limitado su omnipotencia al encarnarse como un débil mortal, tenía necesidad contínua de mantenerse en comunión con su Padre a través de la oración. La Biblia lo presenta como un suplicante a quien las horas del amanecer lo encontraban en oración.

En el caso de Jesús, ¿era la oración su obra y esfuerzo, o era la obra de Dios en él? (Isaías 50: 4, Nueva Versión Internacional).

El Señor omnipotente me ha concedido tener una lengua instruida, para sostener con mi palabra al fatigado. Todas las mañanas me despierta, y también me despierta el oído, para que escuche como los discípulos.

El mismo Dios que despertaba a Jesús para hablar a sus oídos y escuchar sus súplicas, es nuestro Dios, quien con igual deseo anhela inclinar su oído ante nuestra plegaria. Su Padre es nuestro Padre, quien susurra palabras al amanecer, tratando de despertarnos de nuestro sueño, invitándonos a orar. ¿Lo escucharemos, y aceptaremos su invitación?

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